¿A qué hora te va bien quedar?

¿A qué hora te va bien quedar? Porque a mí me va bien hacia las tres o tres y media pasadas, pues, como bien sabes,  tendré que ser yo quien finalmente se ocupe de recoger los esputos que con denuedo suele dispersar inside y arround del fregadero la gorrina de tu sister-in-law. Antes de que nos veamos, aprovecho para comentarte que ayer, sin que te percataras de ello, te vi pasar haciendo jogging por la calle Roger de Gork.  Ibas como muy chulito con tu camisetita de color blanco Rolark, tus gafas Bërik y tu pantalón Lön. Ya sabes que a mí lo que te pongas me la trae al pairo, pero tengo que reconocer que, francamente, ayer, cuando te ví, eran las dos menos cuarto. ¡Ay, Julián! ¿Pues no te digo que lo mismo se me viene que se me va el dolor este de rótula? Por eso te pido que no te enfades avec moi si, cuando nos veamos esta tarde, me da por llamarte ‘cofrade’; y es que, a veces, en la oscuridad, cuando nadie mira, sin querer evitarlo, asiéndome los premolares con ambas manos, con un suave contoneo, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, mutatis mutandis,  me apetece. En el fondo en el fondo, lo que nos pasa realmente realmente, es que somos bastante bastante tulses.

Gracias, de verdad. A ti, y a tu puta madre.

Hasta luego.

Sam

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Lo que pasó entre ellos lo sabe Cayetano

Cayetano le había dicho a Juan García Alarcón que la verdadera razón por la que Carla y Francisco habían roto bilateralmente su relación contractual se debía a una cuestión meramente profesional, si bien el primero (de los interlocutores sobre los acontecimientos, que no los contratantes y, a su vez, sujetos agentes del acontecimiento sobre el que se hablaba) sabía perfectamente que los motivos intrínsecos y extrínsecos de dicho desencuentro no fueron tanto laborales como venéreos, pues sabía él (Cayetano, se entiende, no Francisco y mucho menos Juan García Alarcón y muchísimo menos Carla, que ni siquiera cabe en el él) que él (Francisco, se entiende, no Cayetano, ni Juan García Alarcón y, desde luego tampoco Carla) estaba secretamente enamorado de la hermana de ella, que se llama Claudia (la hermana, se entiende, ya que Carla se llama Carla y no Claudia, obviamente, y por si cabe algún tipo de dudas tampoco tiene un nombre compuesto tipo Claudia Carla o Carla Claudia o Carla de las Claudias o Claudia de las Carlas, aclaro) y que trabaja en el supermercado Día sito en la calle Comercio número 3, cosa que él no podía aceptar ni desvelar a nadie ya que era alto ejecutivo de la cadena de supermercados Caprabo (que tiene los precios un poco más altos que otros supermercados, algo que aprovechamos para denunciar desde este blog), y sabía que si alguno de sus superiores se enteraba de que él estaba enamorado de alguien de la competencia, en fin, eso hubiese sido algo traumático para él, ella y también ella (entendiendo él por Francisco, ella por Claudia y ella por Carla). El caso es que cuando él le dijo a él que él y ella habían roto no le habló de ella (la hermana de ella, quiero decir) porque resulta que él (Juan García Alarcón, quién si no) y ésta última habían sido un matrimonio feliz durante un par de años hasta que él se metió en la relación de ellos dos, acostándose con ella y diciéndoselo a ella, la cual se lo dijo a su jefe enseñándole una foto de ella (su hermana, se entiende), el cual desde ese momento está enamorado de ella, motivo por el cual la va a despedir (a su hermana, digo), cosa que a él le parece muy punible y a él no le produce demasiado interés, porque que a su excuñada la echen del trabajo se la trae más bien floja. Pero no se la traería tan floja si supiera la verdad, así que guardadnos el secreto.

No me digas que no.

A pesar de los pesares, lo mío y lo de Luis fue verdadero. Jamás induje a nadie a pensar que no fuera así, pero nadie mostró un ápice de comprensión para con lo nuestro.

No entender lo que jamás sucedió supone un acto de no aceptación de lo nuestro, a lo cual yo y mi entorno más inmediato decimos ‘no’: ‘No’ a la mentira, ‘no’ a la tergiversación, ‘no’ al ‘digo y no contradigo’. No estamos dispuestos -ni Luis ni yo- a que desde púlpitos espúreos se ponga en cuestión lo que con tanto ahinco nos costó conseguir. No.

No os diré que no contemplo la posibilidad de no acatar lo que socialmente se nos impone, pero tampoco es cierto que no hayamos tenido en cuenta lo que no callasteis en su momento. Es por ello que, no sin reparos, aceptamos vuestras mayores reticencias a lo nuestro, y es también por ello que no os conminamos a participar en el próximo campeonato de petanca del barrio de Moratalaz.

No penséis que no os hemos tenido en cuenta, pues no está en nuestro ánimo negaros nada que no os merezcáis de antemano, pero no seríamos justos si no reconociéramos que no todos vosotros habéis impuesto un ‘no’ como condición necesaria a nuestro ‘no’: No. Como dijo Aristófanes, “el que saque la sota, saca”, y no seremos nosotros quienes contradigamos al sabio argentino, por lo que, desde hoy, día tres del cuatro del ojete maestro, yo os declaro a todos “marido y mujer”.

Y que Viva España.

Y sus regiones.

O no.

Me llamo Raúl Tor, y no puedo más.

Tras quince años trabajando en este hospital, creo que voy a tener que abandonarlo, pues me está sucediendo algo cuya naturaleza y alcance quiero comentar con todos vosotros. La cuestión es que, como muchos sabréis, cada mes recibimos en el centro a una nueva enfermera en prácticas, joven inexperta a quien, en calidad de jefe de planta y como buen anfitrión que soy, penetro rítmicamente durante varias horas por vía rectal mientras le voy explicando cuestiones básicas sobre el funcionamiento general del hospital. Nadie me obliga a hacerlo, pero yo siempre he sido de naturaleza acogedora, dadivosa e incluso servicial, por lo que tampoco me supone ningún esfuerzo suplementario desempeñar ese ingrato cometido. La cuestión es que, de un tiempo a esta parte, mi voluntaria labor como instructor de enfermeras se me está haciendo muy cuesta arriba, pues vengo notando que mis meridianas y concisas explicaciones sobre la situación de las salidas de incendios o sobre los horarios de la sala de urgencias caen indefectiblemente en saco roto las más de las veces. Y, si hay algo que a mí me solivianta sobremanera, eso es, sin duda alguna, la falta de atención. A modo de ejemplo os diré que, sin ir más lejos, a estas dos que veis detrás de mí en la fotografía que precede a estas líneas, les tuve que recordar dos veces en un periodo no superior a seis horas dónde se encontraba la estantería en donde guardamos el Trombocid… ¿Podéis creerlo? Yo tampoco.

No vamos bien. Nada bien. La Seguridad Social se viene abajo, y yo, Raúl Tor, el Doctor Tor, no quiero ser ni voy a ser cómplice de ello. Es por ello, oye, que me dirijo a cada uno de vosotros para pediros que consideréis la posibilidad de ingresarme unos 350€ mensuales al número de cuenta 2100-0143-57-0122913233; siempre a modo de ayuda y con un sentido más así de apoyo moral que de cosas de dinero y tal. Es para ir tirando mientras me sale otra cosa. Gracias, de verdad. Y Feliz Navidad.  Lo estoy pasando muy mal. Muy.

La verdad sobre Kennedy

Maruja Torres (que no ha querido ceder su fotografía para este humilde blog) conoció a Kennedy (que, para este blog, ha cedido una fotografía de su primera comunión –acontecimiento celebrado hace 2 semanas en la Parroquia de su Santa Almudena del Hacendado, sita en Alcalá de Henares-) porque éste último vivía en la planta baja de su edificio y se le cayó un calcetín de la marca Boomerang que tenía tendido en el patio de luces sobre el techo de uralita de Kennedy. Él se mostró muy amable y le invitó a una tacita de Eco y, entre una cosa y la otra, le dijo que no tenía pudor en llorar delante de una mujer y que el kilo de kiwis se ha puesto por las nubes (hecho que, por otro lado, suscribimos y denunciamos desde este blog). El caso es que Maruja Torres le dijo que vale, y quedaron al día siguiente para ver Los Puentes de Madison (en streaming, que ninguno de los dos la tenía comprada ni bajada). Para cuando saltó el límite de tiempo de Megavideo, Kennedy y Maruja ya estaban enzarzados en una tórrida conversación sobre la vuelta de Mecano y no hacían puto caso a la película. Saltaron chispas. Kennedy se portó muy mal. Menudo es él.

Las ocas y yo

 

Éste soy yo el otro día con una chiquilla de la parroquia. Estoy regalando unos trocitos de pan a las ocas. La historia viene de lejos. Un día, después de asistir al sermón dominical, me dejé llevar por la fantasía y sodomizé a una de ellas. Al cura no le importó. Estuvo mirando todo el rato.

Café con leche

en estas nos vemos

Pues estaba pensando en mi compañero Julián y su problema para ir regularmente, con el que me identifico absolutamente, y también estaba pensando en que hoy asistiremos a un cambio de régimen (régimen político, se entiende). Entonces estaba yo pensando en estas cosas y me ha venido a la cabeza que un día alguien dijo que cada vez que se encontraba con José María Aznar, se veía irremediablemente empujado a levantar el brazo y pedirle un café con leche. Y no sé, entre el café con leche y Mariano Rajoy se ha formado una curiosa ecuación que me ha desatado las tripas y me he hecho caca encima. Así, de repente.