Las prioridades de Graciela

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A Graciela Del Horno le gusta pasear por la playa en un atardecer de primavera, pero no le gusta que las olas del mar rompan antes de llegar a la orilla. Le gusta que los almendros en flor se desnuden al llegar el calor, pero no le gusta que los árboles se descascarillen por partes. Le gustan las cosas que se hacen enteras, de una vez: la piel mudada de una serpiente, un avión partiendo en dos un cielo claro con su escapar de humo, el sonido marrón de una palomita que explota en el microondas. No le gusta, no obstante, que los dedos de las manos sean una fiesta salada cuando come patatas chips, aunque le gusta el sinuoso perfil de las patatas onduladas. Le gusta el frío, no le gusta el bochorno. Le gusta el color azul en todas sus gamas, pero no le gusta el color turquesa porque no sabe si es más azul o verde. Le gustan las cosas claras. No le gustan las camisas de cuadros. Le gusta el olor del incienso y muchas otras cosas sencillas. No le gusta la gente. La gente le da asco, un asco de morirse. Por ella, como si se muere toda la gente. Puta gente.

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Me llamo Raúl Tor, y no puedo más.

Tras quince años trabajando en este hospital, creo que voy a tener que abandonarlo, pues me está sucediendo algo cuya naturaleza y alcance quiero comentar con todos vosotros. La cuestión es que, como muchos sabréis, cada mes recibimos en el centro a una nueva enfermera en prácticas, joven inexperta a quien, en calidad de jefe de planta y como buen anfitrión que soy, penetro rítmicamente durante varias horas por vía rectal mientras le voy explicando cuestiones básicas sobre el funcionamiento general del hospital. Nadie me obliga a hacerlo, pero yo siempre he sido de naturaleza acogedora, dadivosa e incluso servicial, por lo que tampoco me supone ningún esfuerzo suplementario desempeñar ese ingrato cometido. La cuestión es que, de un tiempo a esta parte, mi voluntaria labor como instructor de enfermeras se me está haciendo muy cuesta arriba, pues vengo notando que mis meridianas y concisas explicaciones sobre la situación de las salidas de incendios o sobre los horarios de la sala de urgencias caen indefectiblemente en saco roto las más de las veces. Y, si hay algo que a mí me solivianta sobremanera, eso es, sin duda alguna, la falta de atención. A modo de ejemplo os diré que, sin ir más lejos, a estas dos que veis detrás de mí en la fotografía que precede a estas líneas, les tuve que recordar dos veces en un periodo no superior a seis horas dónde se encontraba la estantería en donde guardamos el Trombocid… ¿Podéis creerlo? Yo tampoco.

No vamos bien. Nada bien. La Seguridad Social se viene abajo, y yo, Raúl Tor, el Doctor Tor, no quiero ser ni voy a ser cómplice de ello. Es por ello, oye, que me dirijo a cada uno de vosotros para pediros que consideréis la posibilidad de ingresarme unos 350€ mensuales al número de cuenta 2100-0143-57-0122913233; siempre a modo de ayuda y con un sentido más así de apoyo moral que de cosas de dinero y tal. Es para ir tirando mientras me sale otra cosa. Gracias, de verdad. Y Feliz Navidad.  Lo estoy pasando muy mal. Muy.

La verdad sobre Kennedy

Maruja Torres (que no ha querido ceder su fotografía para este humilde blog) conoció a Kennedy (que, para este blog, ha cedido una fotografía de su primera comunión –acontecimiento celebrado hace 2 semanas en la Parroquia de su Santa Almudena del Hacendado, sita en Alcalá de Henares-) porque éste último vivía en la planta baja de su edificio y se le cayó un calcetín de la marca Boomerang que tenía tendido en el patio de luces sobre el techo de uralita de Kennedy. Él se mostró muy amable y le invitó a una tacita de Eco y, entre una cosa y la otra, le dijo que no tenía pudor en llorar delante de una mujer y que el kilo de kiwis se ha puesto por las nubes (hecho que, por otro lado, suscribimos y denunciamos desde este blog). El caso es que Maruja Torres le dijo que vale, y quedaron al día siguiente para ver Los Puentes de Madison (en streaming, que ninguno de los dos la tenía comprada ni bajada). Para cuando saltó el límite de tiempo de Megavideo, Kennedy y Maruja ya estaban enzarzados en una tórrida conversación sobre la vuelta de Mecano y no hacían puto caso a la película. Saltaron chispas. Kennedy se portó muy mal. Menudo es él.

Va por ti, Joaquín.

Hola amigos. Sirva esta séptima entrada del blog para homenajear al que durante más de nueve años y medio fue Asesor Titular del Conserje del Centro de Atención de Menores de Moratalaz (ATCCAMM). De aspecto repugnante pero de gran corazón, jamás tuvo una palabra mala para con sus familiares y amigos más lejanos, lo cual, además de ser lógico, lo convierte en Förs. Si bien es cierto que nadie llorará su repentina marcha al Supeco de la calle Jacinto Benavente en calidad de Catador Rectal de Barritas de Surimi  Congeladas (CRBSC), no lo es menos que sus acendradas críticas contra el obsoleto sistema de riego del estadio de Las Gaunas serán tan echadas en falta como la nocilla de dos colores en un seminario. No sabemos si sabremos hacerlo con la justa fineza y el talento del gran Képler Laveran Lima Ferreira, pero queremos que sepas, Joaquín, que esta séptima entrada va enteramente dedicada a tu persona, desde el mismísimo centro de tu rótula izquierda hasta relativamente cerca de las proximidades de tu maxilar inferior. Y recuerda siempre que nunca inferir será preferible a Dör. Siempre. 

Las ocas y yo

 

Éste soy yo el otro día con una chiquilla de la parroquia. Estoy regalando unos trocitos de pan a las ocas. La historia viene de lejos. Un día, después de asistir al sermón dominical, me dejé llevar por la fantasía y sodomizé a una de ellas. Al cura no le importó. Estuvo mirando todo el rato.

Margarita tiene fiebre

De un tiempo a esta parte, Margarita Yepes de Sandoval, natural de Argentona, siente que en su ser florecen nuevas inquietudes. Ya no es que haya ahora vello donde antes había la eterna promesa de una infancia ahora rota, sino que palidece cada vez que se incorpora de su pupitre rumbo al encerado, cuando el profesor Norberto Martínez le pide que resuelva una raíz cuadrada. En el momento en que el sexagenario docente le da la tiza y le dice: “adelante, Marga” y ella  nota el rugoso tacto de sus manos expertas, a Margarita le palpita una cosita. ¿Será eso amor? El otro día manchó una bonita falda plisada que su madre le había comprado en el Galerías Preciados en el año 1986. Es una mujer previsora. Y su hija es un poco suelta. Qué remedio.